No fue un sobresalto, pero estuvo cerca. Ya venía dando vueltas en la cama, semidormido, tenso. Nada que no fuese habitual. Aún en ese estado de letargo mi cabeza seguía ocupada por una turbulencia de pensamientos superpuestos, dinámicos, entremezclados, de muy difícil disgregación y en consecuencia, poca claridad. Difíciles de individualizar, imposibles de detener. Pareció un fuerte sobresalto pero no lo fue. Fue una fuerte pulsión, un deseo irrefrenable que me llevó a sentarme velozmente en la cama. Dejé mis piernas hacia afuera, me senté en el borde, casi en equilibrio. Los pies descalzos desplegaron sus plantas sobre el frío del piso cerámico. La confusión al despertar si era habitual, de duración y profundidad variables pero cotidianas. Esa fuerte pulsión no fue lo único fuera de lo común esa mañana. La manifestación clara del deseo y la percepción aguda fueron, ciertamente, lo menos habitual a lo largo de mi vida. Deseaba irme, salir sin ver con claridad hacia dónde. También pensé, como en muchas otras ocasiones, que mi deseo no tenía sentido como para ser considerado.
Hace tiempo que lucho con esta dificultad y necesidad de percibir con claridad mis deseos para por fin descartarlos por carecer de sentido. Nunca, hasta esa mañana, había podido transitar un deseo sin evaluarlo y juzgarlo. Mi frase heredada y espada principal en estas tareas era de mi padre y sentenciaba, terminante e inequívocamente “…eso no tiene ni pies ni cabeza…” y así cual inquisidor medieval, los pocos deseos que lograban asomar eran eficazmente neutralizados y escondidos debidamente.
Así es que, en mis largos años de vida, mi arcón de deseos se encontraba colmado, pero bien cerrado. Escondiendo profundos deseos que jamás se me habían revelado. Un obscuro censor, un controlador interno que me habita sin permiso, emulando al octavo pasajero.
Sentado en el borde de la cama, miré hacia ambos lados y decidí no decidir. No evaluar. No juzgar. Intentaría dejarme llevar por el deseo, aunque éste no tenga ni pies ni cabeza. Y así lo hice.
Lentamente fui tomando la ropa dispersa y me vestí al ritmo de mi despertar. Lento, suave, sin filos ni puntas, con bordes romos y superficies blandas. Salí de mi casa, tomé el ascensor, bajé y salí a la calle. Caminé dos cuadras desiertas hasta la avenida. Sin sentido y sin dirección clara, lo que me inquietaba bastante, pero seguí. Caminé así casi un kilómetro y medio hasta que llegué a un parque. Lo atravesé. Mi travesía continuó por calles y avenidas que no comprendía. Eso me inquietaba aún más. Tan inquieto estaba que decidí quedarme quieto para enfrentar esa inquietud. Entré en un bar y me senté.
Elegí, por supuesto, una mesa en la ventana. Pedí una café y una soda. Observé a las personas que transitaban y a las que permanecían dentro del bar. Vi a un hombre mayor en la esquina, parado solo, con las manos en el bolsillo, un barbijo puesto hasta el mentón, un cigarrillo en la boca, mirando todo como nervioso, una señora giraba la esquina agarrada del brazo de un hombre. En el bar había pocas mesas ocupadas, era una mañana húmeda, fría y lluviosa de invierno. Me pregunté cuántas de esas personas eran capaces de reconocer sus deseos y seguirlos sin censurarlos. Cuántas de ellas sentirían ese octavo pasajero dentro, esa necesidad imperiosa de control y censura. Desconozco la respuesta. Sentarse en una mesa de un bar en una ventana es como salirse del mundo por un momento para observarlo detenidamente, tanto dentro como fuera. Solo uno se detiene, el resto no lo sabe. Así un bar se convierte en un “…observatorio del mundo.”
Llamé al mozo, pagué y me fui. Había calmado un poco mi inquietud y estaba dispuesto a seguir mi deseo, aunque no tenga sentido. Seguí caminando por algún tiempo hasta que en una avenida de doble mano me encontré con un antiguo y gran edificio, altas puertas y ventanas de madera maciza, rejas de hierro forjado y unas enormes escalinatas de frente, unos 15 escalones de mármol blanco. Subí. Me detuve frente a la puerta y pude ver una inmensa antesala. Contra la pared una silla de ruedas sola, algunas personas, pocas, cruzaban la sala en silencio, unas con guardapolvos otras con ambos azules plomizos. Sin duda se trataba de un hospital, o algo así, pensé. Entré. Atravesé la cuadrícula del piso como un alfil blanco, en diagonal y solo pisando baldosas de un mismo color. Llegué a un antiguo ascensor rodeado de hierros trabajados y abrazado por una escalera que girando se eleva, con sus peldaños de mármol, barandas de hierro y grueso pasamano hacia los niveles superiores. Elegí la escalera, agarrado del grueso pasamano como si fuese mi guía y subí. En el primer piso sólo vi pasillos con puertas y números. Continué hasta el segundo piso. Un pasillo largo se extendía a ambos lados de la escalera. Hacia la derecha el pasillo era corto y terminaba en una puerta ancha y doble. Hacia la izquierda se prolongaba más y terminaba en otro pasillo transversal. Caminé hasta él y giré a la derecha sin dudarlo, como si supiese dónde ir. No lo sabía. Llegué hasta una puerta de madera, sin vidrios y cerrada. Me detuve frente a ella. Había otras puertas, todas tenían carteles como “Office”, “Consultorio 36”. La que tenía frente a mí no tenía cartel, ni número.
Me sentía nervioso. Algo me impulsaba a irme, pero respeté mi deseo. Me quedé y entré. Ignoré mis turbulentos pensamientos. Lentamente fui percibiendo cada detalle. El frío del picaporte de bronce, el tibio crujir de las bisagras, el olor húmedo de aire interior. Una vez dentro, cerré la puerta detrás de mí empujándola levemente con el pie derecho, sin dejar de recorrer con mis ojos lo nuevo que se me presentaba. Al cerrarse la puerta hizo un ruido metálico. Se trabó automáticamente con un cerrojo. No me importó.
No había buena luz en el interior del cuarto, la penumbra no me permitía ver detalles. Vi un interruptor en la pared y encendí la luz. Se trataba de un cuarto rectangular, alargado. De unos 4 metros de largo por dos de ancho, aproximadamente. Las paredes cubiertas por estanterías con diversos elementos, aparatos e insumos de hospital, ordenados y cuidadosamente inventariados. En el otro extremo de la entrada la pared no tenía estantes y una puerta doble vaivén se veía en el centro, pintada de blanco, incluso los vidrios. No había nadie a la vista. Descubrí contra la pared, a la derecha de la puerta vaivén, una camilla cubierta con una sábana verde, lisa, obscura. Una forma se insinuaba debajo de ella. Sospeché, por el contexto que podía tratarse de un cuerpo.
Con mucha lentitud y algo de temor comencé a acercarme. Sin cuestionarme nada, me detuve frente a la camilla. No había ruidos. No había olores. Sólo la luz de una lámpara amarillenta que colgaba de un cable en el centro del techo de la habitación. Mi sombra se proyectaba sobre la camilla. Tomé la sábana verde por uno de sus extremos. La noté gruesa, pesada, de buena calidad y fuertes costuras, un poco desteñida al verla de cerca. Comencé a descubrir lo que había debajo.
Lo primero que vi fue mucha sangre que no me permitía observar detalles, pero confirmé que se trataba de un cuerpo. Advertí que el cuerpo había sido decapitado, por eso tanta sangre que ya no fluía. Continué retirando la gruesa y desteñida sábana verde y pude ver que se trataba de un hombre. Quité por completo el cobertor y sentí gran sorpresa al ver también que le habían sido mutilados los pies. Tenía mucho frío. Continué mi recorrido visual del cuerpo hasta que vi algo que me paralizó. No podía mover ni una pestaña. Ni mucho menos quitar la vista. Ni temblar podía. En el antebrazo derecho había un tatuaje idéntico al mío y en el mismo lugar. Entonces sí comencé a temblar, un frio enorme y espantoso corría por mi nuca y se deslizó por la espalda. Se me aflojaron las piernas, se me nubló la vista y perdí el equilibrio. Caí. Mi cabeza impactó fuerte contra el borde agudo del último estante de la pared lateral antes del piso. Sangré mucho.
