Camisa blanca, pantalón negro, zapatillas con tres tiras azules. Monteagudo esquina Caseros, refugio de chapa, plazoleta frente al inmenso Parque de los Patricios. El silencioso monumento era el único testigo. Pasada la medianoche, ni calor ni frío. Bolso blanco en la mano izquierda, con las mismas tres tiras, junto a un estuche grande y alargado en tela de jean, de elaboración doméstica, con dos floretes dentro. Noche obscura de principios de otoño, poco tránsito, casi nada de gente. Un farol en la esquina parecía iluminar sólo esa futura escena. Bajo el refugio de chapa y apoyado en el poste de la parada del 188, Expreso Caraza – Plaza Italia/Cruce Lomas - demorado como era habitual, sobretodo en la madrugada. Cursaba el quinto año del colegio secundario, aunque sólo tenía 16 años, su madre lo había anotado en primer grado con 5 años porque había nacido en diciembre de 1960. A la mañana iba al colegio, trabajaba a la tarde/noche, tenía novia y el pelo un poco largo, sólo un poco, ondulado, muy ondulado. Practicaba esgrima en el Parque Chacabuco, gratis. Miraba a su alrededor mientras esperaba, sin saber en realidad lo que estaba pasando en su mundo. No tenía la menor idea.
El entrenamiento terminaba a las
10 de la noche. Acompañaba a su novia a la casa en el bajo Flores, por lo
general cenaban y luego de una muy cercana sobremesa se despedían. No había un
transporte directo para volver. Tomaba el 50, Transportes Automotores Varela –
Retiro/Villa Lugano – y se bajaba para esperar el 188 que lo dejaba en la
esquina de su casa. La combinación le llevaba bastante tiempo. Esto sucedía
todos los lunes, miércoles y viernes.
Una noche, mientras contemplaba
el silencio de la esquina, una brusca frenada atrapa su atención de inmediato.
Casi al lado de él y muy cercano al cordón, un Ford Falcon blanco se había
detenido. Cuatro hombres de traje obscuro se bajaron. Uno apoyó su brazo
izquierdo sobre el techo del auto mientras sostenía una escopeta recortada de
doble caño, el conductor se paró al lado del guardabarros izquierdo y le
apuntaba con un arma larga que no pudo identificar. De la puerta trasera
derecha descendió otro hombre que se paró al borde del cordón, de frente, con
las piernas separadas y sosteniendo una pistola con las dos manos y la espalda
apoyada sobre el Falcon mientras le apuntaba. El cuarto, también armado, bajó
del lado del acompañante al grito de “…quédese quieto…, no se mueva…”. Se quedó
inmóvil, su sangre corría rápida y fría por sus venas, temblaba, sólo se movían
sus ojos. Sintió un fuerte golpe en su mano izquierda que lo obligó a soltar el
bolso y el estuche con los floretes. Creyó, o estaba casi seguro que eran
policías, se hablaba por esas épocas de los “servicios de coordinación federal”
que andaban de civil y en autos particulares y este parecía ser uno de ellos.
Luego de patearle el brazo, el sujeto abrió el bolso gritando, “qué mierda
tenés acá…” mientras lo vaciaba en el suelo, justo en la zanja de la vereda. Casi
tartamudeando y en voz baja contestó, “ropa sucia y las armas de esgrima, vengo
de entrenar…”. Sin que los otros tres dejaran de apuntarle, conversaron entre
ellos hasta que el que lo había pateado se le acercó a la cara, muy cerca, de
costado como hablándole a la mejilla izquierda, tanto que sentía el calor de su
fétido aliento, y le dijo en voz baja pero dura, “…desaparecé de acá, estamos
buscando a uno de camisa blanca y pantalón negro, tomatelá, el próximo no te
pregunta nada…”. Se volvieron a meter en el auto, hicieron una corta marcha
atrás y arando el adoquín de Monteagudo, se fueron por Rioja.
“Y créanme gente que aunque hubo
ruido nadie salió,
No hubo curiosos, no hubo
preguntas nadie lloró.”
El único mudo e inmóvil testigo
evidente fue la escultura de Bernardo de Monteagudo, pero nada pudo hacer, como
aquella noche de enero en Lima, en el primer cuarto del siglo XIX.
Inmóvil como una escultura
efímera, sin saber en realidad el tiempo transcurrido, entendió que debía irse
de esa equina de profunda historia porteña. Tieso como si fuera de hielo,
recogió sus cosas como pudo y empezó a caminar hacia la calle Rioja,
continuación de Monteagudo. Como en otras ocasiones, cuando le tocaba esperar
colectivos que demoraban, caminaba siguiendo el recorrido hasta que viniera. Pero
esta vez era distinto. Una fuerza extraña lo empujaba a caminar, cada vez más
ligero, sin darse vuelta, pero muy atento a los ruidos, como huyendo de aquel
asesino del que el prócer, mudo testigo, no pudo huir. La idea de que otros
policías lo interceptaran y no preguntaran, lo asustaba mucho, pero le generaba
un miedo que nunca había sentido. Caminó varias cuadras por rioja y cada vez
que oía el motor de un vehículo se escondía en algún zaguán, temblando,
encogido, en posición fetal y tardaba unos minutos en incorporarse y volver a
caminar. No podía hacer otra cosa que pensar en huir y huir. No sabía de qué,
pero deseaba huir. Decidió salirse de la ruta del colectivo para transitar
calles con menos autos, porque cada vez que pasaba uno cerca volvían los
temblores y la necesidad de esconderse en algún lado. Así, sin poder pensar,
tieso, temblando, escondiéndose de los ruidos y huyendo de los autos y las
personas, tardó como dos horas en llegar a su casa, distante a unos 5
kilómetros. Las últimas cuadras las hizo corriendo, aunque no había nadie en la
calle, corría igual, no podía pensar, su piel se sentía tensa, como
impermeable, no había pensamientos en su cabeza, cada sonido o persona que
tuviera a la vista lo hacía temblar y le crecía una enorme angustia que parecía
subir por el esófago e instalarse en su garganta. Miedo, culpa, arrepentimiento
eran palabras que le aparecían, pero ninguna encajaba con lo que sentía. Carecían
de sentido.
Todo se calmó cuando pudo cerrar
desde adentro la puerta de hierro verde de la entrada al pasillo de su casa. Se
sentó en los dos escalones que separaban la puerta principal de otra cancel de
madera y vidrio que permitía el acceso al pasillo descubierto. Su departamento
era el último del fondo. Sentado en el frío escalón de mármol blanco y mirando
hacia la calle a través de los gruesos vidrios de la puerta, se sintió más
seguro, comenzó a respirar. Hacía más de dos horas que no respiraba, al menos
eso sintió. Comenzó a volver de ese sentimiento extraño y nuevo que había experimentado.
Parecía exagerado. Si tenía que contarlo sólo se trataba de policías
persiguiendo delincuentes. Ya sabemos que no tienen los mejores modos.
Atravesó el pasillo ya
reconociéndose a sí mismo, pero aún con esa sensación amplia, pesada, espesa de
la que sólo se desea huir. Era rara, pero ya había calmado, aunque no del todo.
Abrió la puerta de su casa y como siempre sucedía apenas ingresaba al patio se
encendía la luz de la habitación de sus padres. Debía ir a saludarles. Entró y
le dio un beso a cada uno en cada lado de la cama. “Que tarde llegaste”,
inquirió su madre. “Ehhh, es que me encontré con un amigo en el camino y me
quedé charlando.”, respondió mintiendo, tembloroso. “Me voy a dormir, estoy
cansado”, agregó. Su madre inisitió, “¿seguro estás bien? ¿te pasó algo?, con
voz más seca y terminante respondió, “No, no me pasó nada” y se fue a su
habitación. Tardó un rato en dormirse, la imagen de lo que había pasado se le
repetía una y otra vez en su cabeza, pero seguía pensando que había sido un hecho
menor, sin importancia. Tanto las imágenes como la sensación nunca se fueron de
su mente, ni de su piel. Pero no debía ser para tanto.
Varios años después comenzó a comprender lo que había pasado aquella noche. Lo que no pudo entender hasta más de cuatro décadas después fue ese sentimiento que experimentó aquella noche. En el momento que por fin lo entendió, también entendió que aquella noche le habían inoculado ése sentimiento y que sin poder ponerle nombre lo había acompañado toda su vida. Sin entidad, como un anónimo.
Era el Terror. Eso había sentido, y cual tripanosoma se le instaló en el
corazón y ahí se quedó.
