Curiosamente acabo de descubrir que desde que tengo memoria, cada vez que me enfrento a una situación crítica y que me impone una decisión con su riesgo implícito, aparecen los mismos pensamientos, a saber:
Piensa bien lo que vas a decidir.
Piensa lo que debes hacer. No importa lo que sientas, no importa el deseo. Por lo general no son más
que fantasías de cuentos. Lo que importa es lo que debes hacer, lo que es
correcto. Y luego, al momento de definir, aparece de repente y con claridad el
camino que debo tomar. Sin cuestionamientos. Ni mucho menos duelos.
Curiosamente
también descubro que, con mucha recurrencia, aparecían otras sensaciones luego
de tomada la decisión y sin final que se pueda vislumbrar:
Esto no es lo que me hubiese
gustado hacer. Pero si lo dejo por lo que me gusta y resulta fantasía - lo que es muy probable - seré culpable de haber abandonado lo que ya
tenía por una absurda fantasía personal. Y si me fuere bien seré exitoso, pero
inmensamente egoísta. Y si me quedo con lo que no me gusta me sentiré
frustrado para siempre. Esto no tiene salida.
Contra
esta afirmación luché en silencio durante casi tres décadas.
Hasta
que voló todo por el aire.
Y
con todo, yo.
