Al final, 15 años después, no estuvo buena Buenos Aires
Epifanía de la exclusión
Era una
tarde cualquiera de abril. Aunque el otoño, como otras estaciones nunca fue
fácil de identificar en esta cuadra. Si, una calle de la ciudad donde no hay
veranos, ni primaveras. Un invierno eterno parece habitarla. En efecto, cien
metros lineales de una ciudad donde la tristeza, el abandono, los estigmas, la
marginación y la exclusión son los tintes principales de un óleo con colores
cruelmente distribuidos.
No es la
única en esta Ciudad, son muchas, algunas mucho peores. Inesperadas para muchos, generan un inmenso contraste en la
Ciudad, en la Gran Ciudad. Tan inmenso como invisible, con otras calles que han
sido durante años transformadas en forma sistemática y reiterada. Esta
cuadra, la que nos reúne hoy, no ha sido intervenida nunca oficialmente en los
últimos 15 años, como mínimo. Es la última cuadra de la Ciudad. Después el río.
Y desde aquí podemos ver todo, con las enormes ventajas estratégicas que
sabemos nos da la altura. Desde aquí vemos, con claridad, cómo nuestro
maltratado río desemboca en el otro, enorme y dorado, también maltratado.
Buques de prolongadas esloras zarpan y amarran a diario en estas costas,
cargados de cientos de contenedores que llevan en sus entrañas el producto de
nuestro esfuerzo cotidiano, de nuestro sudor y de nuestra propia sangre.
Amarran y zarpan todos los días, dejando miseria, pobreza y penurias. El resto,
se lo llevan otros, ni una migaja de la riqueza que va y viene se derrama en
esta cuadra. En estos barrios. En esta gente. Nada.
Así pasa la vida en este lugar que no tiene veredas, ni árboles, poca luz, no hay señales. Una parada de colectivo sin poste, ni garita, ni nada. No hay puertas de casas, ni timbres que tocar. Hay yuyos, barro, suciedad, piedras, escombros, desagües sin protección, cables que cuelgan, perros callejeros y de los otros, personas que duermen en la calle y todo lo que no debe verse en la majestuosa Ciudad. Una sola línea de colectivos pasa por ella y muchos camiones, muchos de alto porte que alimentan y alivianan a aquellos buques de altamar. Todo tiembla, todo se afloja, todo termina por romperse tras el paso de las moles. Normas expresas prohíben su tránsito por acá. Eso a nadie parece importarle. Eso tampoco se ve. Llevan toda esa riqueza que nunca llegará a nuestros estómagos.
La única
limpieza que existe en esta cuadra es la que llevan adelante un grupo de
personas que, expulsadas y marginadas del mundo activo, se organizan en
cooperativas y le arrancan al estado algunas migajas en forma de planes
sociales que, con una excelente administración, logran que muchas familias no
mueran de hambre y de tristeza. Cortan el pasto que crece donde debería haber
veredas. Barren y limpian, donde debería hacerlo el Estado con los impuestos
que pagan todos los habitantes, incluso los excluidos. Y como si esto fuese poco, les queda tiempo y
fuerzas para luchar contra los opresores e intentar subvertir ese orden excluyente,
que mata sin piedad. Pero esto sólo se ve desde la altura.
Que no
haya puertas ni timbres no quiere decir que no haya gente, ni casas. Moran en
esta cuadra alrededor de 60 familias que transitan el abandono a diario.
Tropiezan, se ensucian, se demoran, se caen, se lastiman, se enferman, se
inundan, incuban enfermedades, día a día, año a año. Entre esos espacios
habitados se encuentra nuestro punto de vista, un balcón de un cuarto piso.
Claro, no
es fácil imaginar un edificio de cuatro pisos en un lugar así. Y es verdad, no
fue fácil. Hace poco menos de dos décadas un grupo de personas decide
organizarse, como los que limpian hoy la cuadra, para construir por autogestión
sus propias viviendas. Debían además lograr que el Estado cumpla con una ley
que el mismo Estado había reglamentado, a regañadientes, hacía poco tiempo y
sin ninguna intención de ponerla en vigencia. Y ganaron. Esa batalla la
ganaron. Una década de intensa lucha que fue coronada con el acceso de 33
familias a su vivienda digna. Gestionada y administrada por ellos mismos. Hoy
enfrentan otra lucha, que no cabe en este cuento. Esta es nuestra altura, y
nuestro punto de vista.
Volvamos a
la tarde de otoño. A mitad de cuadra. Un gran galpón semitechado sobre un
terreno grande sirve de estación de venta para para que los recicladores urbanos* acerquen y vendan
lo conseguido en esa jornada. Todas las mañanas un desvencijado camión deja un
contenedor de hierro que será llenado con los cartones o la chatarra que los
trabajadores traen durante la tarde. Ellos mismos cargan el camión luego de
venderle al señor lo conseguido en el día. Desde media mañana comienzan a
concentrarse en la esquina a la espera que les toque descargar su carro.
Momento de amigos, charlas, perros que los acompañan, chicos y un clima de
trabajo como si todo fuese normal. Como si no fuesen marginados, maltratados y
excluidos. Luego de la descarga continúan en una suerte de epifanía de la
exclusión. A veces suman música, a veces algo de alcohol, a veces se prolonga y
muy, pero muy pocas veces se complica.
Así
transcurren casi todas las tardes, excepto los domingos que el señor del galpón
no abre. Él descansa como Dios manda, los que trabajan, no. Este señor, suele
maltratarlos, gritarles, echarlos, les paga lo que quiere, les hace limpiar lo
que se ensucia por un trabajo que a él lo beneficia más que a ellos y los hace
trabajar de más y cargar el contenedor, a cambio de poco o casi nada. A algunos
privilegia con miserias a otros ni eso. No lo quieren mucho, pero no les queda
otro remedio porque es el único sustento posible. Este señor, hace un tiempo
dejaba a uno de los recicladores durmiendo en el galpón, casi como un acto de
caridad ya que la calle sería peor. En un cuartito inhabitable y a medio
demoler del fondo. Sin comida, encerrado y sin poder salir hasta que el señor
vuelva a la mañana siguiente, cuando se le cante. Sus compañeros le conseguían
comida y bebida cuando podían en algún comedor del barrio y se la pasaban de
noche, por el estrechísimo espacio que deja el portón con la pared, como a un
feroz animal encerrado en un zoológico urbano.
Hasta que un día uno de los cartoneros murió
mientras dormía el sueño del abandono. Intervino la policía, clausuraron el
lugar y a los pocos días volvió todo a la normalidad, solo que no se quedó
nadie más a dormir ahí. El muerto a nadie le importó, excepto a sus compañeros.
Durante el año de pandemia en donde nunca dejaron de trabajar, el señor no les
brindaba ningún tipo de protección y los hacía trabajar como si no sucediese
nada. Hubo enfermos, hubo muertos, hubo denuncias, hubo intervención policial y
hubo clausura, con faja y todo. Removida la faja a las pocas horas el señor
tenía otra vez abierto el galpón y trabajando a sus esclavos. Excepto los que
enfermaron y el que murió, que en el único lugar que figuran registrados es en
el libro de guardia del hospital Argerich. No sobra aclarar que “el señor” del galpón no es un ácrata
explotador sino un eslabón más en la cadena de coerción.
En esa
tarde de abril todo transcurría cotidiano, sin sobresaltos, hasta que se
empezaron a escuchar gritos desde adentro del galpón que nuestro punto de vista
de altura nos permitió advertir. El “Pela”,
un joven reciclador, discutía a los gritos con un compañero, con amenazas
de golpes, con pedazos de fierros en las manos, hasta que el señor, en voz muy
alta y con insultos, intimó al insurgente a que se fuera. El Pela con gestos y
gritos de resistencia parecía no querer retirarse, pero lentamente iba
retrocediendo. Todos los que estaban en la fila afuera, esperando su turno,
habían entrado a presenciar la pelea. Excepto uno, que se quedó enfrente del
portón de entrada, cruzando la calle y mirando desde afuera. El señor, con unos
billetes en la mano, le gritó al Pela “Tomá
tu plata y andate, no me vengas a armar kilombo acá”, claro, debería haber
agregado, que no me dejás explotar a tus amigos
en paz. El Pela tomó el dinero de un manotazo y continuó saliendo mientras
caminaba para atrás, como un cangrejo asustado agitando sus pinzas, gritando e
insultando.
Cuando
ganó la calle, miró a su compañero haciendo un gesto casi imperceptible, tomó
su carro e insinuó irse, muy enojado. Pero lejos de eso, cuando llegó al
contenedor, sin que nadie lo viera, excepto su amigo y este observador, sin
pausa comenzó a tomar cartones del contenedor y a ponerlos en su carro. Con una
velocidad inusitada llenó su carro. Vale recordar que esos cartones habían sido
pagados a los recicladores por el señor. Su cómplice, podríamos decir a esta
altura, que se había quedado en la vereda frente al portón, mirando hacia el
cielo emitió un chiflido al ver que varias personas se disponían a salir del
lugar, ya finalizado el pleito, y volver a la fila a esperar su turno para
vender los cartones. El Pela, ni bien oyó el silbido giró rápidamente su carro,
ya colmado, con un movimiento rápido se colocó en la fila junto a sus compañeros.
El señor, que permanecía dentro, aún seguía hablando y haciendo ademanes como
quejándose de la pelea anterior, pero ni él ni ningún otro de los que
permanecieron dentro sabían lo que había sucedido más allá del portón.
El Pela,
un pibe que no toca tres décadas, con alguna dificultad al caminar, una voz
disfónica, áspera y cascada, hijo de padre cartonero, criado en la calle
colgado de un carro, arrastra todas las cicatrices de la exclusión y la vida en
la calle. Ése pibe se estaba convirtiendo en héroe, en nuestro héroe. Aunque nunca lo vaya a saber.
En
silencio y sin emitir palabra, cuando le tocó su turno, entró, pesó los
cartones en la balanza, fue hasta el fondo, el señor le pagó por los cartones,
tomó su dinero, dijo gracias y se
retiró, también en silencio, con una victoriosa sonrisa de medio lado.