lunes, 23 de marzo de 2026

Remembranza del terror

 

Camisa blanca, pantalón negro, zapatillas con tres tiras azules. Monteagudo esquina Caseros, refugio de chapa, plazoleta frente al inmenso Parque de los Patricios. El silencioso monumento era el único testigo. Pasada la medianoche, ni calor ni frío. Bolso blanco en la mano izquierda, con las mismas tres tiras, junto a un estuche grande y alargado en tela de jean, de elaboración doméstica, con dos floretes dentro. Noche obscura de principios de otoño, poco tránsito, casi nada de gente. Un farol en la esquina parecía iluminar sólo esa futura escena. Bajo el refugio de chapa y apoyado en el poste de la parada del 188, Expreso Caraza – Plaza Italia/Cruce Lomas - demorado como era habitual, sobretodo en la madrugada. Cursaba el quinto año del colegio secundario, aunque sólo tenía 16 años, su madre lo había anotado en primer grado con 5 años porque había nacido en diciembre de 1960. A la mañana iba al colegio, trabajaba a la tarde/noche, tenía novia y el pelo un poco largo, sólo un poco, ondulado, muy ondulado. Practicaba esgrima en el Parque Chacabuco, gratis. Miraba a su alrededor mientras esperaba, sin saber en realidad lo que estaba pasando en su mundo. No tenía la menor idea.

El entrenamiento terminaba a las 10 de la noche. Acompañaba a su novia a la casa en el bajo Flores, por lo general cenaban y luego de una muy cercana sobremesa se despedían. No había un transporte directo para volver. Tomaba el 50, Transportes Automotores Varela – Retiro/Villa Lugano – y se bajaba para esperar el 188 que lo dejaba en la esquina de su casa. La combinación le llevaba bastante tiempo. Esto sucedía todos los lunes, miércoles y viernes.

Una noche, mientras contemplaba el silencio de la esquina, una brusca frenada atrapa su atención de inmediato. Casi al lado de él y muy cercano al cordón, un Ford Falcon blanco se había detenido. Cuatro hombres de traje obscuro se bajaron. Uno apoyó su brazo izquierdo sobre el techo del auto mientras sostenía una escopeta recortada de doble caño, el conductor se paró al lado del guardabarros izquierdo y le apuntaba con un arma larga que no pudo identificar. De la puerta trasera derecha descendió otro hombre que se paró al borde del cordón, de frente, con las piernas separadas y sosteniendo una pistola con las dos manos y la espalda apoyada sobre el Falcon mientras le apuntaba. El cuarto, también armado, bajó del lado del acompañante al grito de “…quédese quieto…, no se mueva…”. Se quedó inmóvil, su sangre corría rápida y fría por sus venas, temblaba, sólo se movían sus ojos. Sintió un fuerte golpe en su mano izquierda que lo obligó a soltar el bolso y el estuche con los floretes. Creyó, o estaba casi seguro que eran policías, se hablaba por esas épocas de los “servicios de coordinación federal” que andaban de civil y en autos particulares y este parecía ser uno de ellos. Luego de patearle el brazo, el sujeto abrió el bolso gritando, “qué mierda tenés acá…” mientras lo vaciaba en el suelo, justo en la zanja de la vereda. Casi tartamudeando y en voz baja contestó, “ropa sucia y las armas de esgrima, vengo de entrenar…”. Sin que los otros tres dejaran de apuntarle, conversaron entre ellos hasta que el que lo había pateado se le acercó a la cara, muy cerca, de costado como hablándole a la mejilla izquierda, tanto que sentía el calor de su fétido aliento, y le dijo en voz baja pero dura, “…desaparecé de acá, estamos buscando a uno de camisa blanca y pantalón negro, tomatelá, el próximo no te pregunta nada…”. Se volvieron a meter en el auto, hicieron una corta marcha atrás y arando el adoquín de Monteagudo, se fueron por Rioja.

“Y créanme gente que aunque hubo ruido nadie salió,

No hubo curiosos, no hubo preguntas nadie lloró.”

El único mudo e inmóvil testigo evidente fue la escultura de Bernardo de Monteagudo, pero nada pudo hacer, como aquella noche de enero en Lima, en el primer cuarto del siglo XIX.

Inmóvil como una escultura efímera, sin saber en realidad el tiempo transcurrido, entendió que debía irse de esa equina de profunda historia porteña. Tieso como si fuera de hielo, recogió sus cosas como pudo y empezó a caminar hacia la calle Rioja, continuación de Monteagudo. Como en otras ocasiones, cuando le tocaba esperar colectivos que demoraban, caminaba siguiendo el recorrido hasta que viniera. Pero esta vez era distinto. Una fuerza extraña lo empujaba a caminar, cada vez más ligero, sin darse vuelta, pero muy atento a los ruidos, como huyendo de aquel asesino del que el prócer, mudo testigo, no pudo huir. La idea de que otros policías lo interceptaran y no preguntaran, lo asustaba mucho, pero le generaba un miedo que nunca había sentido. Caminó varias cuadras por rioja y cada vez que oía el motor de un vehículo se escondía en algún zaguán, temblando, encogido, en posición fetal y tardaba unos minutos en incorporarse y volver a caminar. No podía hacer otra cosa que pensar en huir y huir. No sabía de qué, pero deseaba huir. Decidió salirse de la ruta del colectivo para transitar calles con menos autos, porque cada vez que pasaba uno cerca volvían los temblores y la necesidad de esconderse en algún lado. Así, sin poder pensar, tieso, temblando, escondiéndose de los ruidos y huyendo de los autos y las personas, tardó como dos horas en llegar a su casa, distante a unos 5 kilómetros. Las últimas cuadras las hizo corriendo, aunque no había nadie en la calle, corría igual, no podía pensar, su piel se sentía tensa, como impermeable, no había pensamientos en su cabeza, cada sonido o persona que tuviera a la vista lo hacía temblar y le crecía una enorme angustia que parecía subir por el esófago e instalarse en su garganta. Miedo, culpa, arrepentimiento eran palabras que le aparecían, pero ninguna encajaba con lo que sentía. Carecían de sentido.

Todo se calmó cuando pudo cerrar desde adentro la puerta de hierro verde de la entrada al pasillo de su casa. Se sentó en los dos escalones que separaban la puerta principal de otra cancel de madera y vidrio que permitía el acceso al pasillo descubierto. Su departamento era el último del fondo. Sentado en el frío escalón de mármol blanco y mirando hacia la calle a través de los gruesos vidrios de la puerta, se sintió más seguro, comenzó a respirar. Hacía más de dos horas que no respiraba, al menos eso sintió. Comenzó a volver de ese sentimiento extraño y nuevo que había experimentado. Parecía exagerado. Si tenía que contarlo sólo se trataba de policías persiguiendo delincuentes. Ya sabemos que no tienen los mejores modos.

Atravesó el pasillo ya reconociéndose a sí mismo, pero aún con esa sensación amplia, pesada, espesa de la que sólo se desea huir. Era rara, pero ya había calmado, aunque no del todo. Abrió la puerta de su casa y como siempre sucedía apenas ingresaba al patio se encendía la luz de la habitación de sus padres. Debía ir a saludarles. Entró y le dio un beso a cada uno en cada lado de la cama. “Que tarde llegaste”, inquirió su madre. “Ehhh, es que me encontré con un amigo en el camino y me quedé charlando.”, respondió mintiendo, tembloroso. “Me voy a dormir, estoy cansado”, agregó. Su madre inisitió, “¿seguro estás bien? ¿te pasó algo?, con voz más seca y terminante respondió, “No, no me pasó nada” y se fue a su habitación. Tardó un rato en dormirse, la imagen de lo que había pasado se le repetía una y otra vez en su cabeza, pero seguía pensando que había sido un hecho menor, sin importancia. Tanto las imágenes como la sensación nunca se fueron de su mente, ni de su piel. Pero no debía ser para tanto.


Varios años después comenzó a comprender lo que había pasado aquella noche. Lo que no pudo entender hasta más de cuatro décadas después fue ese sentimiento que experimentó aquella noche. En el momento que por fin lo entendió, también entendió que aquella noche le habían inoculado ése sentimiento y que sin poder ponerle nombre lo había acompañado toda su vida. Sin entidad, como un anónimo.

Era el Terror. Eso había sentido, y cual tripanosoma se le instaló en el corazón y ahí se quedó.

domingo, 8 de marzo de 2026

Con todo, yo.

 

Curiosamente acabo de descubrir que desde que tengo memoria, cada vez que me enfrento a una situación crítica y que me impone una decisión con su riesgo implícito, aparecen los mismos pensamientos, a saber:

Piensa bien lo que vas a decidir. Piensa lo que debes hacer. No importa lo que sientas, no importa el deseo. Por lo general no son más que fantasías de cuentos. Lo que importa es lo que debes hacer, lo que es correcto. Y luego, al momento de definir, aparece de repente y con claridad el camino que debo tomar. Sin cuestionamientos. Ni mucho menos duelos.

Curiosamente también descubro que, con mucha recurrencia, aparecían otras sensaciones luego de tomada la decisión y sin final que se pueda vislumbrar:

Esto no es lo que me hubiese gustado hacer. Pero si lo dejo por lo que me gusta y resulta fantasía  - lo que es muy probable -  seré culpable de haber abandonado lo que ya tenía por una absurda fantasía personal. Y si me fuere bien seré exitoso, pero inmensamente egoísta. Y si me quedo con lo que no me gusta me sentiré frustrado para siempre. Esto no tiene salida.

Contra esta afirmación luché en silencio durante casi tres décadas.

Hasta que voló todo por el aire.

Y con todo, yo.

El Cambio

 El Cambio

Cambiar pensamientos

blandos, coloridos, flexibles, diversos…

por otros

rígidos, grises, únicos, tensos…

Cambiar árboles y tierra

por hierros y cemento...

Clarísimo.

No se puede combatir la violencia con armas.

No se puede combatir la pobreza con dinero.

No se puede combatir el hambre con alimentos.

No se puede combatir las adicciones con drogas.

No se puede combatir el monopolio con el Estado.

No se combate la tristeza con un chiste.

Los únicos capaces de combatir todo son los pueblos.

Organizados, con amor, con saber, con arte, con claridad.

No se trata de subvertir el orden, sino de eliminarlo...

Música, palabras, pensamientos, poesía, lecturas, imágenes...

Abrazos.

Solo se trata de igualar, que no es más que incluir todas las diferencias.

#fotografiaartistica   #fototexto #escritores #texto #fotografia

@culturainquieta
@iberdrola

jueves, 26 de febrero de 2026

Estela en el recuerdo


Estela de Carlotto charla con nosotros

Entrevista a la presidenta de la Asociación Abuelas de Plaza de mayo. Homenaje y adhesión de Radio Gráfica a la postulación para el premio Nobel de la paz. Entrevista realizada en los estudios de Radio Gráfica el 27 de setiembre de 2009 en el programa Abramos la boca. Disfrutémosla. 


Cabe recordar que en octubre de ése año le fue otorgado el Premio Nobel de la Paz a Barak Obama (SIC)






RECUERDOS DE RADIO

 

Visita a Radio Grafica 89.3 "Abramos La Boca"

El Centro Infantil La Boca, que funciona dentro de la Escuela Infantil Nº3 DE4 los dias sabados, realizó una visita al programa "Abramos La Boca" que se emite por FM 89.3 Radio Gráfica.
Fue el dia martes 10 de noviembre de 2009

Estos chiques tienen hoy entre 16 y 17 años :)

Ni pies ni cabeza…

 

         No fue un sobresalto, pero estuvo cerca. Ya venía dando vueltas en la cama, semidormido, tenso. Nada que no fuese habitual. Aún en ese estado de letargo mi cabeza seguía ocupada por una turbulencia de pensamientos superpuestos, dinámicos, entremezclados, de muy difícil disgregación y en consecuencia, poca claridad. Difíciles de individualizar, imposibles de detener. Pareció un fuerte sobresalto pero no lo fue. Fue una fuerte pulsión, un deseo irrefrenable que me llevó a sentarme velozmente en la cama. Dejé mis piernas hacia afuera, me senté en el borde, casi en equilibrio. Los pies descalzos desplegaron sus plantas sobre el frío del piso cerámico. La confusión al despertar si era habitual, de duración y profundidad variables pero cotidianas. Esa fuerte pulsión no fue lo único fuera de lo común esa mañana. La manifestación clara del deseo y la percepción aguda fueron, ciertamente, lo menos habitual a lo largo de mi vida. Deseaba irme, salir sin ver con claridad hacia dónde. También pensé, como en muchas otras ocasiones, que mi deseo no tenía sentido como para ser considerado.


        Hace tiempo que lucho con esta dificultad y necesidad de percibir con claridad mis deseos para por fin descartarlos por carecer de sentido. Nunca, hasta esa mañana, había podido transitar un deseo sin evaluarlo y juzgarlo. Mi frase heredada y espada principal en estas tareas era de mi padre y sentenciaba, terminante e inequívocamente “…eso no tiene ni pies ni cabeza…” y así cual inquisidor medieval, los pocos deseos que lograban asomar eran eficazmente neutralizados y escondidos debidamente.

Así es que, en mis largos años de vida, mi arcón de deseos se encontraba colmado, pero bien cerrado. Escondiendo profundos deseos que jamás se me habían revelado. Un obscuro censor, un controlador interno que me habita sin permiso, emulando al octavo pasajero.

Sentado en el borde de la cama, miré hacia ambos lados y decidí no decidir. No evaluar. No juzgar. Intentaría dejarme llevar por el deseo, aunque éste no tenga ni pies ni cabeza. Y así lo hice. 

Lentamente fui tomando la ropa dispersa y me vestí al ritmo de mi despertar. Lento, suave, sin filos ni puntas, con bordes romos y superficies blandas. Salí de mi casa, tomé el ascensor, bajé y salí a la calle. Caminé dos cuadras desiertas hasta la avenida. Sin sentido y sin dirección clara, lo que me inquietaba bastante, pero seguí. Caminé así casi un kilómetro y medio hasta que llegué a un parque. Lo atravesé. Mi travesía continuó por calles y avenidas que no comprendía. Eso me inquietaba aún más. Tan inquieto estaba que decidí quedarme quieto para enfrentar esa inquietud. Entré en un bar y me senté.

Elegí, por supuesto, una mesa en la ventana. Pedí una café y una soda. Observé a las personas que transitaban y a las que permanecían dentro del bar. Vi a un hombre mayor en la esquina, parado solo, con las manos en el bolsillo, un barbijo puesto hasta el mentón, un cigarrillo en la boca, mirando todo como nervioso, una señora giraba la esquina agarrada del brazo de un hombre. En el bar había pocas mesas ocupadas, era una mañana húmeda, fría y lluviosa de invierno. Me pregunté cuántas de esas personas eran capaces de reconocer sus deseos y seguirlos sin censurarlos. Cuántas de ellas sentirían ese octavo pasajero dentro, esa necesidad imperiosa de control y censura. Desconozco la respuesta. Sentarse en una mesa de un bar en una ventana es como salirse del mundo por un momento para observarlo detenidamente, tanto dentro como fuera. Solo uno se detiene, el resto no lo sabe. Así un bar se convierte en un “…observatorio del mundo.”

Llamé al mozo, pagué y me fui. Había calmado un poco mi inquietud y estaba dispuesto a seguir mi deseo, aunque no tenga sentido. Seguí caminando por algún tiempo hasta que en una avenida de doble mano me encontré con un antiguo y gran edificio, altas puertas y ventanas de madera maciza, rejas de hierro forjado y unas enormes escalinatas de frente, unos 15 escalones de mármol blanco. Subí. Me detuve frente a la puerta y pude ver una inmensa antesala. Contra la pared una silla de ruedas sola, algunas personas, pocas, cruzaban la sala en silencio, unas con guardapolvos otras con ambos azules plomizos. Sin duda se trataba de un hospital, o algo así, pensé. Entré. Atravesé la cuadrícula del piso como un alfil blanco, en diagonal y solo pisando baldosas de un mismo color. Llegué a un antiguo ascensor rodeado de hierros trabajados y abrazado por una escalera que girando se eleva, con sus peldaños de mármol, barandas de hierro y grueso pasamano hacia los niveles superiores. Elegí la escalera, agarrado del grueso pasamano como si fuese mi guía y subí. En el primer piso sólo vi pasillos con puertas y números. Continué hasta el segundo piso. Un pasillo largo se extendía a ambos lados de la escalera. Hacia la derecha el pasillo era corto y terminaba en una puerta ancha y doble. Hacia la izquierda se prolongaba más y terminaba en otro pasillo transversal. Caminé hasta él y giré a la derecha sin dudarlo, como si supiese dónde ir. No lo sabía. Llegué hasta una puerta de madera, sin vidrios y cerrada. Me detuve frente a ella. Había otras puertas, todas tenían carteles como “Office”, “Consultorio 36”. La que tenía frente a mí no tenía cartel, ni número.

Me sentía nervioso. Algo me impulsaba a irme, pero respeté mi deseo. Me quedé y entré. Ignoré mis turbulentos pensamientos. Lentamente fui percibiendo cada detalle. El frío del picaporte de bronce, el tibio crujir de las bisagras, el olor húmedo de aire interior. Una vez dentro, cerré la puerta detrás de mí empujándola levemente con el pie derecho, sin dejar de recorrer con mis ojos lo nuevo que se me presentaba. Al cerrarse la puerta hizo un ruido metálico. Se trabó automáticamente con un cerrojo. No me importó.

No había buena luz en el interior del cuarto, la penumbra no me permitía ver detalles. Vi un interruptor en la pared y encendí la luz. Se trataba de un cuarto rectangular, alargado. De unos 4 metros de largo por dos de ancho, aproximadamente. Las paredes cubiertas por estanterías con diversos elementos, aparatos e insumos de hospital, ordenados y cuidadosamente inventariados. En el otro extremo de la entrada la pared no tenía estantes y una puerta doble vaivén se veía en el centro, pintada de blanco, incluso los vidrios. No había nadie a la vista. Descubrí contra la pared, a la derecha de la puerta vaivén, una camilla cubierta con una sábana verde, lisa, obscura. Una forma se insinuaba debajo de ella. Sospeché, por el contexto que podía tratarse de un cuerpo.

Con mucha lentitud y algo de temor comencé a acercarme. Sin cuestionarme nada, me detuve frente a la camilla. No había ruidos. No había olores. Sólo la luz de una lámpara amarillenta que colgaba de un cable en el centro del techo de la habitación. Mi sombra se proyectaba sobre la camilla. Tomé la sábana verde por uno de sus extremos. La noté gruesa, pesada, de buena calidad y fuertes costuras, un poco desteñida al verla de cerca. Comencé a descubrir lo que había debajo.

Lo primero que vi fue mucha sangre que no me permitía observar detalles, pero confirmé que se trataba de un cuerpo. Advertí que el cuerpo había sido decapitado, por eso tanta sangre que ya no fluía. Continué retirando la gruesa y desteñida sábana verde y pude ver que se trataba de un hombre. Quité por completo el cobertor y sentí gran sorpresa al ver también que le habían sido mutilados los pies. Tenía mucho frío. Continué mi recorrido visual del cuerpo hasta que vi algo que me paralizó. No podía mover ni una pestaña. Ni mucho menos quitar la vista. Ni temblar podía. En el antebrazo derecho había un tatuaje idéntico al mío y en el mismo lugar. Entonces sí comencé a temblar, un frio enorme y espantoso corría por mi nuca y se deslizó por la espalda. Se me aflojaron las piernas, se me nubló la vista y perdí el equilibrio. Caí. Mi cabeza impactó fuerte contra el borde agudo del último estante de la pared lateral antes del piso. Sangré mucho.


BRUJA

 

“La brujas no existen, pero...”

                                                                 


Yo conocí una. No parecía bruja
Era bella, suave, tierna, apasionada
Libre
Tan libre que empecé a dudar
No de su libertad
Ni de su belleza, enorme
Si de su condición de bruja
Su amabilidad(*)
Y su sonriente luminosidad
No parecían de hechicera
Cuando por fin descreí de su brujez
y la percibí amable...entonces
Se fue




(*) capacidad de ser amada

Epifanía de la exclusión (Un punto de vista)

 Al final, 15 años después, no estuvo buena Buenos Aires

 

Epifanía de la exclusión

 

    Era una tarde cualquiera de abril. Aunque el otoño, como otras estaciones nunca fue fácil de identificar en esta cuadra. Si, una calle de la ciudad donde no hay veranos, ni primaveras. Un invierno eterno parece habitarla. En efecto, cien metros lineales de una ciudad donde la tristeza, el abandono, los estigmas, la marginación y la exclusión son los tintes principales de un óleo con colores cruelmente distribuidos. 

    No es la única en esta Ciudad, son muchas, algunas mucho peores. Inesperadas para muchos, generan un inmenso contraste en la Ciudad, en la Gran Ciudad. Tan inmenso como invisible, con otras calles que han sido durante años transformadas en forma sistemática y reiterada. Esta cuadra, la que nos reúne hoy, no ha sido intervenida nunca oficialmente en los últimos 15 años, como mínimo. Es la última cuadra de la Ciudad. Después el río. Y desde aquí podemos ver todo, con las enormes ventajas estratégicas que sabemos nos da la altura. Desde aquí vemos, con claridad, cómo nuestro maltratado río desemboca en el otro, enorme y dorado, también maltratado. Buques de prolongadas esloras zarpan y amarran a diario en estas costas, cargados de cientos de contenedores que llevan en sus entrañas el producto de nuestro esfuerzo cotidiano, de nuestro sudor y de nuestra propia sangre. Amarran y zarpan todos los días, dejando miseria, pobreza y penurias. El resto, se lo llevan otros, ni una migaja de la riqueza que va y viene se derrama en esta cuadra. En estos barrios. En esta gente. Nada. 

    Así pasa la vida en este lugar que no tiene veredas, ni árboles, poca luz, no hay señales. Una parada de colectivo sin poste, ni garita, ni nada. No hay puertas de casas, ni timbres que tocar. Hay yuyos, barro, suciedad, piedras, escombros, desagües sin protección, cables que cuelgan, perros callejeros y de los otros, personas que duermen en la calle y todo lo que no debe verse en la majestuosa Ciudad. Una sola línea de colectivos pasa por ella y muchos camiones, muchos de alto porte que alimentan y alivianan a aquellos buques de altamar. Todo tiembla, todo se afloja, todo termina por romperse tras el paso de las moles. Normas expresas prohíben su tránsito por acá. Eso a nadie parece importarle. Eso tampoco se ve. Llevan toda esa riqueza que nunca llegará a nuestros estómagos.  

    La única limpieza que existe en esta cuadra es la que llevan adelante un grupo de personas que, expulsadas y marginadas del mundo activo, se organizan en cooperativas y le arrancan al estado algunas migajas en forma de planes sociales que, con una excelente administración, logran que muchas familias no mueran de hambre y de tristeza. Cortan el pasto que crece donde debería haber veredas. Barren y limpian, donde debería hacerlo el Estado con los impuestos que pagan todos los habitantes, incluso los excluidos.  Y como si esto fuese poco, les queda tiempo y fuerzas para luchar contra los opresores e intentar subvertir ese orden excluyente, que mata sin piedad. Pero esto sólo se ve desde la altura.

    Que no haya puertas ni timbres no quiere decir que no haya gente, ni casas. Moran en esta cuadra alrededor de 60 familias que transitan el abandono a diario. Tropiezan, se ensucian, se demoran, se caen, se lastiman, se enferman, se inundan, incuban enfermedades, día a día, año a año. Entre esos espacios habitados se encuentra nuestro punto de vista, un balcón de un cuarto piso.

    Claro, no es fácil imaginar un edificio de cuatro pisos en un lugar así. Y es verdad, no fue fácil. Hace poco menos de dos décadas un grupo de personas decide organizarse, como los que limpian hoy la cuadra, para construir por autogestión sus propias viviendas. Debían además lograr que el Estado cumpla con una ley que el mismo Estado había reglamentado, a regañadientes, hacía poco tiempo y sin ninguna intención de ponerla en vigencia. Y ganaron. Esa batalla la ganaron. Una década de intensa lucha que fue coronada con el acceso de 33 familias a su vivienda digna. Gestionada y administrada por ellos mismos. Hoy enfrentan otra lucha, que no cabe en este cuento. Esta es nuestra altura, y nuestro punto de vista.

    Volvamos a la tarde de otoño. A mitad de cuadra. Un gran galpón semitechado sobre un terreno grande sirve de estación de venta para para que los recicladores urbanos* acerquen y vendan lo conseguido en esa jornada. Todas las mañanas un desvencijado camión deja un contenedor de hierro que será llenado con los cartones o la chatarra que los trabajadores traen durante la tarde. Ellos mismos cargan el camión luego de venderle al señor lo conseguido en el día. Desde media mañana comienzan a concentrarse en la esquina a la espera que les toque descargar su carro. Momento de amigos, charlas, perros que los acompañan, chicos y un clima de trabajo como si todo fuese normal. Como si no fuesen marginados, maltratados y excluidos. Luego de la descarga continúan en una suerte de epifanía de la exclusión. A veces suman música, a veces algo de alcohol, a veces se prolonga y muy, pero muy pocas veces se complica.

    Así transcurren casi todas las tardes, excepto los domingos que el señor del galpón no abre. Él descansa como Dios manda, los que trabajan, no. Este señor, suele maltratarlos, gritarles, echarlos, les paga lo que quiere, les hace limpiar lo que se ensucia por un trabajo que a él lo beneficia más que a ellos y los hace trabajar de más y cargar el contenedor, a cambio de poco o casi nada. A algunos privilegia con miserias a otros ni eso. No lo quieren mucho, pero no les queda otro remedio porque es el único sustento posible. Este señor, hace un tiempo dejaba a uno de los recicladores durmiendo en el galpón, casi como un acto de caridad ya que la calle sería peor. En un cuartito inhabitable y a medio demoler del fondo. Sin comida, encerrado y sin poder salir hasta que el señor vuelva a la mañana siguiente, cuando se le cante. Sus compañeros le conseguían comida y bebida cuando podían en algún comedor del barrio y se la pasaban de noche, por el estrechísimo espacio que deja el portón con la pared, como a un feroz animal encerrado en un zoológico urbano.

     Hasta que un día uno de los cartoneros murió mientras dormía el sueño del abandono. Intervino la policía, clausuraron el lugar y a los pocos días volvió todo a la normalidad, solo que no se quedó nadie más a dormir ahí. El muerto a nadie le importó, excepto a sus compañeros. Durante el año de pandemia en donde nunca dejaron de trabajar, el señor no les brindaba ningún tipo de protección y los hacía trabajar como si no sucediese nada. Hubo enfermos, hubo muertos, hubo denuncias, hubo intervención policial y hubo clausura, con faja y todo. Removida la faja a las pocas horas el señor tenía otra vez abierto el galpón y trabajando a sus esclavos. Excepto los que enfermaron y el que murió, que en el único lugar que figuran registrados es en el libro de guardia del hospital Argerich. No sobra aclarar que “el señor” del galpón no es un ácrata explotador sino un eslabón más en la cadena de coerción. 

    En esa tarde de abril todo transcurría cotidiano, sin sobresaltos, hasta que se empezaron a escuchar gritos desde adentro del galpón que nuestro punto de vista de altura nos permitió advertir. El “Pela”, un joven reciclador, discutía a los gritos con un compañero, con amenazas de golpes, con pedazos de fierros en las manos, hasta que el señor, en voz muy alta y con insultos, intimó al insurgente a que se fuera. El Pela con gestos y gritos de resistencia parecía no querer retirarse, pero lentamente iba retrocediendo. Todos los que estaban en la fila afuera, esperando su turno, habían entrado a presenciar la pelea. Excepto uno, que se quedó enfrente del portón de entrada, cruzando la calle y mirando desde afuera. El señor, con unos billetes en la mano, le gritó al Pela “Tomá tu plata y andate, no me vengas a armar kilombo acá”, claro, debería haber agregado, que no me dejás explotar a tus amigos en paz. El Pela tomó el dinero de un manotazo y continuó saliendo mientras caminaba para atrás, como un cangrejo asustado agitando sus pinzas, gritando e insultando.

    Cuando ganó la calle, miró a su compañero haciendo un gesto casi imperceptible, tomó su carro e insinuó irse, muy enojado. Pero lejos de eso, cuando llegó al contenedor, sin que nadie lo viera, excepto su amigo y este observador, sin pausa comenzó a tomar cartones del contenedor y a ponerlos en su carro. Con una velocidad inusitada llenó su carro. Vale recordar que esos cartones habían sido pagados a los recicladores por el señor. Su cómplice, podríamos decir a esta altura, que se había quedado en la vereda frente al portón, mirando hacia el cielo emitió un chiflido al ver que varias personas se disponían a salir del lugar, ya finalizado el pleito, y volver a la fila a esperar su turno para vender los cartones. El Pela, ni bien oyó el silbido giró rápidamente su carro, ya colmado, con un movimiento rápido se colocó en la fila junto a sus compañeros. El señor, que permanecía dentro, aún seguía hablando y haciendo ademanes como quejándose de la pelea anterior, pero ni él ni ningún otro de los que permanecieron dentro sabían lo que había sucedido más allá del portón.

    El Pela, un pibe que no toca tres décadas, con alguna dificultad al caminar, una voz disfónica, áspera y cascada, hijo de padre cartonero, criado en la calle colgado de un carro, arrastra todas las cicatrices de la exclusión y la vida en la calle. Ése pibe se estaba convirtiendo en héroe, en nuestro héroe. Aunque nunca lo vaya a saber.

    En silencio y sin emitir palabra, cuando le tocó su turno, entró, pesó los cartones en la balanza, fue hasta el fondo, el señor le pagó por los cartones, tomó su dinero, dijo gracias y se retiró, también en silencio, con una victoriosa sonrisa de medio lado.


*eufemismo creado para invisibilizar el trabajo de personas de todo género y edad que pasan muchas horas de todos los días revolviendo la basura tratando de encontrar cosas que el señor del galpón les quiera comprar al precio que  el quiera.

*Luego de innumerables denuncias el "Señor del galpón" fue clausurado definitivamente desalojado. La cuadra tiene 2 luces nuevas. Sigue sin veredas y sin todo lo demás.

El héroe colectivo

    El capitalismo ha tenido desde su origen a la desigualdad de derechos como base fundacional. Seguido de la explotación de personas y del uso, abuso indiscriminado y destrucción de los recursos naturales.

    El objetivo fundamental consiste en la ilimitada acumulación de riquezas de un sector minoritario, abastecido por otro mayoritario que las produce. Define claramente al primer sector como propietarios, dueños, capitalistas y el segundo como proletarios, trabajadores, productores de riqueza, etc. Todo esto en un escenario complejo del que se provee de materias primas existentes mucho antes que el humano decidiera organizarse. En realidad mucho antes de que nuestra especie pose sus pies sobre este planeta.

    A lo largo de su desarrollo el sistema Capitalista se ha ido modificando en función de su casi exclusivo interés de acumular riquezas. Pero a la vista de los resultados es necesario aclarar que para lograr ese objetivo no ha tenido ningún tipo de reparo en los métodos que se hubieren usado para llegar a él. Recordando los dichos de un ex presidente en campaña, podríamos afirmar que el paladar negro del capitalismo cree que escrúpulos es una isla griega.

    Luego de esta breve y dudosa pincelada podríamos cuestionar claramente los conceptos de propiedad, de derechos y del uso de los recursos naturales, pero no es objeto de esta propuesta. Si lo es remarcar sobre qué puntos fundamentales de este esquema de dominación queremos y debemos pensar y trabajar.

La resistencia y la lucha

    Llegar hasta el presente no le ha resultado sencillo al sistema en cuestión. La lucha y la resistencia de los dominados, proletarios, trabajadores, productores, etc., ha sido constante también desde el origen. No es tarea tampoco de este texto ahondar en estas empáticas luchas, pero es necesario destacar con claridad que, si bien no han conseguido terminar con este perverso sistema, han obtenido muchos triunfos que tenemos a la vista, pero por sobre todo le debemos a estas luchas la supervivencia del planeta. Si hubiera dependido del Sistema Capitalista y no hubiese habido resistencia y lucha, podríamos afirmar sin temor a exagerar, que este planeta ya no existiría en el universo.


    Estas resistencias y luchas se han basado fundamentalmente en la organización de la sociedad en diversas formas y bajo diversas consignas, pero está claro que por la magnitud del poder que se resiste, pero sobre todo por los métodos que el Sistema está dispuesto a usar, el trabajo individual o no organizado resulta rápidamente neutralizado. Ahora, aún organizado, luchar contra un enemigo poderoso que utiliza armas que quienes resisten no tienen acceso posible o, si lo tuvieren,  no estarían dispuestos a usar, es una batalla cuasi perdida.

    La enorme asimetría de las luchas ha llegado a un límite. Lo que parece no tener límite es la capacidad de daño y  muerte del Sistema para con cualquiera que se rebele y pretenda combatirlo, debilitarlo, eliminarlo, cambiarlo o simplemente entorpecer su desarrollo.  

    No podemos hablar de dominación sin hablar de libertad. Hablar de resistencia a la dominación es hablar de lucha por la libertad. Pero de nuevo, no es intención de este texto desarrollar el concepto de libertad, sólo vale aclarar que para que exista una relación vertical dominante es menester que el dominado pierda su libertad, aún sin pe|srcibirlo claramente. Está claro que, si hay un poder dominante, hay un sujeto sin libertad, sin sus derechos plenos. Surge entonces otro concepto en esta relación y es el de dependencia.

    En la historia, pero fundamentalmente en nuestros corazones, están las épicas luchas de los pueblos, como aquel lejano Octubre Rojo o el Asalto al Moncada. Hoy, visualizando el desarrollo tecnológico y armamentístico, es inimaginable esta forma de lucha por la propia desigualdad y asimetría y porque su magnitud acabaría por lo menos, con el planeta. Hasta aquel emocionante 17 de Octubre de 1945 aparece inimaginable. A ese “subsuelo de la patria sublevado” hoy se lo infiltraría, vandalizaría, criminalizaría y reprimiría de manera de neutralizarlo rápidamente, con la inconmensurable ayuda de los grandes Medios de Comunicación y el sistema judicial, ambos absolutamente cooptados. Pero la lucha continúa, debe continuar. Necesitamos encontrar nuevos métodos, nuevos escenarios, nuevas herramientas o, simplemente, nuevas formas de utilizarles.

    Dos párrafos más arriba mencionamos la palabra dependencia. Esta condición resulta fundamental para la dominación. Hoy tan consolidada que en la mayoría de los casos no advertimos de su presencia. Y no se trata de sutilezas. Con el correr de los años el sistema Capitalista se ha adueñado de elementos que resultan imprescindibles para la vida sobre esta tierra. Empezando por los territorios y sus recursos, la alimentación, la vestimenta, el hábitat, las formas de relacionarnos, de entretenernos, entre muchos otros elementos. Se ha apoderado de aquellos que nos eran habituales, cómodos o a gusto o los ha cambiado por aquellos que le son funcionales a sus objetivos. Lo que ha hecho es generar fuertes lazos de dependencia con los dominados. Tan inteligentemente diseñado que ha logrado que necesitemos de sus elementos para sobrevivir y a la vez pagando altas sumas de dinero por  ésos "elementos imprescindibles" , los financiemos y permitamos su sostén y su perpetuación. Las víctimas financian y sostienen a sus propios verdugos. Lo advirtió claramente el sociólogo francés Pierre Bourdieu en 1994 en su trabajo "Sobre la televisión".

    En este marco se visualizan dos mundos. En uno de ellos las minorías capitalistas dueñas de más del 80 % de las riquezas que se producen, se pelean entre ellas en la disputa del reparto de ese poder y de las distintas políticas a aplicar para esa acumulación- Superestructura-. El otro mundo está compuesto por más del 80 % de las personas que habitamos este planeta y que peleamos día a día y de diversas formas para sobrevivir a esas políticas con menos del 20 % para distribuir de la riqueza que producimos, ya que el 80% queda en manos de las minorías poderosas. En esta relación vertical existen fuertes lazos que las mantienen unidas y garantizan la relación de poder y dependencia.

    Hasta el presente, las luchas se han centrado en generar una organización política o alianzas entre ellas, lo suficientemente poderosa que, a través de diversos métodos que pueden ser violentos o no, derrote al capitalismo y subvierta el orden de dependencia impuesto. Esto ya no parece posible - al menos con los métodos conocidos -  como ya mencionamos.

¿Entonces? ¿Quién podrá defendernos?

    La respuesta la plasmó Héctor Germán Oesterheld en El Eternauta y es El Héroe Colectivo.
















    La historia nos muestra que los grandes líderes antiimperialistas y revolucionarios no abundan. Fidel Castro, Hugo Chávez u otros aparecen en forma esporádica, y en los últimos años parecería que con menos frecuencia aún. Tal vez el ensayo hecho de asesinatos de líderes territoriales y campesinos en diversas regiones de Nuestra América tenga por objeto atacar desde la germinación el crecimiento de nuevos líderes. Como sea que fuere no es posible esperar a un líder o lo que es peor, depender de él. Es necesario detener este proceso de exclusión, destrucción y muerte y para ello cada minuto cuenta.

    Hablamos y trabajamos mucho en la construcción del Poder Popular, pero es muy difícil construir un imaginario de "de qué se trata realmente ése poder". Si lo imaginamos como una nueva superestructura, aún con verdadera composición popular que pueda hacerle frente al poder corporativo, volveremos a errar el vizcachazo. No salimos de la trampa circular.

    Para tomar dimensión de cuál sería la forma de ése nuevo poder, podríamos partir trabajando, al menos cinco acuerdos fundacionales que nos permitirán construir redes de trabajo:

Primero, toda organización popular es válida mientras responda a intereses de una comunidad o de un sector de ella y no de un particular o empresa. Intereses colectivos.

Segundo, Francia. 

Tercero, acordar que ninguna de éstas organizaciónes tenga intención de cooptar a otra ni de incitar a sus integrantes a modificar su filiación o su pensamiento. 

Cuarto: tener como objetivo fundamental debilitar y combatir al Sistema Capitalista al menos en el ámbito de  incumbencia de cada organización de base.

Quinto y último, una gran disposición de articular con otras y  muy diversas organizaciones de la sociedad en función de paliar, modificar y evitar los daños del sistema sobre los pueblos. Donde no haya acuerdo no se fuerza el trabajo. Respetar los tiempos de los pueblos y sus comunidades diversas es condición sine qua non.

    Partiendo de estas premisas, cualquier organización que defienda o pretenda defender intereses comunitarios puede integrarse al trabajo en red. No importa tanto la razón que los haya  llevado a organizarse. Si observamos nuestra estructura social podemos ver que para casi todas las actividades nos organizamos sin fines de lucro o con lucro justo y equitativo. Las hay en torno a la educación - escuelas, cooperadoras, centros de estudiantes, asociaciones de padres, gremios docentes – en torno a la salud -  asociaciones mutuales, obras sociales, centros de salud comunitarios, cooperadoras de hospitales, hospitales – también las Cooperativas tanto de trabajo, de vivienda, de consumo. Asociaciones de productores de diversos rubros, los consorcios de edificios, etc. Podríamos mencionar una organización por cada actividad, incluso los clubes de barrio, los centros de jubilados. Todas ellas junto a las organizaciones políticas pueden entrar en el acuerdo. Es cuestión de ir poniendo las organizaciones libres del pueblo al servicio, precisamente, del pueblo. Ahí comenzamos a dimensionar y ver el concepto de "Poder Popular".

    El siguiente paso es que todas trabajen en la detección precisa de aquellos lazos que nos convierten en dependientes del sistema y buscar la forma de cortarlos reemplazándolos o de debilitarlos al máximo posible. En las cuestiones de consumo y producción se observan estos lazos con mayor claridad, pero existen en todos los ámbitos de nuestra vida social - ocio; entretenimiento; cultura; relaciones; educación; trabajo; etc., etc. -

    Para esta inmensa tarea no sólo es necesario detectar esos lazos nocivos sino también comenzar a trabajar en su reemplazo, generando los cambios necesarios para que eso sea posible. Tarea que exigirá de profundos cambios de hábitos y costumbres de gran parte de la sociedad. No es tarea fácil pero a la vez de romper o debilitar los lazos que financian y sostienen al sistema que nos explota estaremos creando nuevas formas de vivir, más justas, más solidarias, más equitativas, absolutamente inclusivas y además, sustentables y sostenibles en el tiempo.

    El profundo cambio social y cultural debe comenzar desde las bases. De abajo hacia arriba. Ya habrá tiempo de discutir la superestructura, si esta resultare necesaria. Pero cuando nos hayamos consolidado como sociedad soberana.

    Comencemos por establecer contacto, hacernos visibles y pensar, charlar, debatir, soñar y…manos a la obra.


Los colores de nuestra historia.

 

Rojo, verde y negro.

(Una síntesis nada académica)

                                                                                                                         

1)      01 de julio de 1824 – Se firma el empréstito de la Baring Brothers. Un millón de libras. Ministro de Hacienda: Bernardino Rivadavia. Gobernador de la Provincia de Buenos Aires: Martín Rodríguez. No existe registro alguno de se haya cobrado una sola moneda, ni mucho menos su uso. Sin embargo se pagaron intereses y capital por 80 años. Nace la deuda externa y con ella la dependencia económica. 18 años así.

2)      En 1842 Don Juan Manuel de Rosas preocupado por la imposibilidad de cumplir con los intereses ni mucho menos con el capital, y teniendo en cuenta que la garantía era el territorio nacional, ofrece la Islas Malvinas a cambio de la deuda, previo reconocimiento de la soberanía argentina. Los ingleses no sólo no aceptaron, sino que llevaron adelante bloqueos, atentados contra la autonomía y promovieron el derrocamiento de Rosas. Batalla de Caseros, 3 de febrero de 1852.

3)      Hasta 1916, todos los gobiernos continuaron con el endeudamiento con la excusa de pagar intereses y capital. No producían y gobernaban bajo las indicaciones Inglesas. Volvieron al endeudamiento progresivo y el sometimiento, por 64 años. La elecciones eran siempre fraudulentas.

4)      En 1916 Don Hipólito Yrigoyen, presidente electo sin “fraude patriótico” baja considerablemente los montos de deuda. Vuelve a estimular la producción y destina créditos a la creación y producción de petróleo por YPF, creada en su gobierno. YPF no sólo se financiaba, sino que el superávit permitía no volver a endeudarse.

5)      En 1922 llega Marcelo Torcuato de Alvear y retoma las viejas recetas de endeudamiento y no producción. Cuadruplica el monto de la deuda a pesar de la reducción de Yrigoyen. Otra vez el sometimiento, esta vez sólo 6 años, pero…

6)      En 1928 vuelve Yrigoyen. Presionado por un senado opositor no le permiten continuar su política petrolera y de no endeudamiento. Mandato interrumpido por el primer golpe militar a un presidente elegido en democracia en la Argentina, el 6 de septiembre de 1930. (Mezcla de rojo y negro) 

7)      Desde 1930 hasta 1945 vuelve el endeudamiento progresivo, la falta de producción y el sometimiento ya no sólo a los Ingleses. El mundo había cambiado. 15 años, década infame. Estados Unidos era el nuevo Patrón

8)      A partir de 1945 el General Juan Domingo Perón retoma la política del no endeudamiento, estimula la producción y el pago de la deuda. En 1952 logra el único momento de la historia Argentina en que la deuda externa es igual a cero. Se pagó toda. Se abandonó el sometimiento. 7 años pudimos, hasta que…

9)      El 16 de septiembre de 1955 bombas y militares terminaron con la autonomía política y económica del país. Argentina se asocia al F.M.I.  – Fondo Monetario Internacional – al que Perón se había negado sistemáticamente. Los siguientes 48 años serán los de mayor endeudamiento y el máximo sometimiento político, junto al más alto grado de corrupción terminaron con la autonomía política y la independencia económica. Si, 48 años así.

10)  En el año 2005 Néstor Kirchner renegocia casi la totalidad de la deuda externa privada con una quita del 75 %. En 2006 se cancela la deuda con el F.M.I., segunda vez en nuestra historia. En 2008, Cristina Fernández, en su primer mandato, cancela la deuda con el Club de París y se renegocia la restante deuda privada. Nuevamente las políticas de no endeudamiento, de estímulo a la producción y de soberanía estaban vigentes.

11)  A fines de 2015 asume la presidencia Mauricio Macri, de la mano del Pro y el radicalismo residual. En sólo 4 años de mandato lleva la deuda a valores récord y somete al país al pago y la dependencia por los siguientes 100 años. Otra vez deudas y no producción. La pobreza, la desocupación, el endeudamiento, la inflación, la explotación laboral, el sometimiento, la enorme concentración económica, la corrupción y manipulación de la justicia llegan a niveles impensados. La impunidad es garantía. Todo en sólo 4 años.

12)  Gracias a la feroz resistencia popular en diciembre de 2019 asume la presidencia Alberto Fernández con el Frente de Todos. Él y gran parte del pueblo comenzaron este nuevo ciclo con grandes ansias de pintarlo de verde. Pandemia, sequías y guerra. Incapacidad, traición o tibieza. Lo que tenía que ser no fué. El verde se apagó.

13) 2023 - Ofensiva destructiva de la derecha internacional. Destrucción, saqueo, violencia y muerte. Cristina presa.

En los últimos 200 años de nuestra historia, 155 fueron en rojo, sólo 40 en verde y el actual es NEGRO

El color negro no tiene tonos. No puede ser más negro, pero si se lo puede aclarar...

Elijamos creer.

Pescadores - Bahía de Cabo Frío - Brasil